22  de mayo de 2 009. Decamerón significa diez, lo componen cien cuentos agrupados  en diez jornadas de diez. Diez personajes, siete mujeres y tres hombres, huyendo de la terrible epidemia, salen de la ciudad de Florencia y se refugian en el campo, y allí para entretener sus ocios, se ponen de acuerdo para narrar   cada uno diez historias que deberán trascurrir en una sola jornada.

     El lunes, fui con mi esposa a realizar algunas compras y en el centro comercial, lo mismo que en la calle, me sorprendió ver que un tercio de la población usa tapacuellos, es decir, utilizan los tapabocas colgados del cuello; pregunto: ¿para qué se los ponen si los traen tapando la manzana de Adán? Espero que mis amigos no cometan la torpeza de exponerse al contagio; quiero que cuando reanudemos clases, todos se presenten llenos de salud y optimismo en el futuro. Mientras tanto... ¿qué hacen?

     Hubo un "temblorcito de tierra (5.8), ¿más problemas?  Voy con mi "marida" a comprar pan, encontramos a un niño que sale del consultorio, acompañado de su mamá, ella le dice: "a ver si sigues comiendo paletas de hielo...",  el chamaco hace una mueca, sopla el viento fresco, él lleva un tapabocas... colgado del cuello.

      Continúa la moda de los gaznés, fui al banco y la señorita que me atendió tenía un lindo cubrebocas colgado del cuello, lo mismo que su compañero de escritorio. Salí de mala gana a realizar algunas compras "obligado" por mi "marida", cansado y con calor me dio mucho gusto ver a "Jiu" sonriente y sana, nos saludamos de lejos, pero me bastó para recobrar el buen humor.

     Al llegar a casa María inventó una frase célebre, pues dijo a uno de nuestros amigos: "estar encerrado sin hacer nada, provoca mucha hambre"... ámonos. Mi amigo Fabián (director) me envió un mensaje por correo y por supuesto me dio gusto saber que se encuentra bien. Cada día las noticias nos causan diferentes reacciones, dice mi hijo que ya estamos en la etapa 5 (de 6), leo el periódico y hay comentarios contradictorios; lo mejor es encomendarnos a Dios y tomar todas las precauciones que nos recomiendan.

     Nuevamente despierto en la madrugada y veo a Elizabeth Montgomery, recuerdo a Samantha; veo una película (con Van Damme) en la que sale una niña simpática que se llama Kim... recuerdo a Jiu. Cómo quisiera poder comunicarme con mis amigos y recomendarles que lean y aprovechen el tiempo; hay una sección del periódico Milenio, que me hace reír siempre, se llama: QrR!, y dice en un costado: "es una sección hecha por personas afectadas de sus facultades mentales, favor de no hacerles caso".

     Hoy es primero de mayo, como Pumas está perdiendo 2-0 contra Tecos, y no soy masoquista, decidí ponerme a escribir. En la mañana emprendimos el viaje hacia Morelos, para tratar de alejarnos un poco del ambiente citadino que a ratos se vuelve pesado; me sorprendió que durante el viaje de casi tres horas, sólo vi cuatro personas con tapabocas, 2 en Tlalmanalco y 2 en Oaxtepec, no sé si se debe a que no tienen miedo o a que por acá la "plaga" no los ha visitado.

     Extraño a mis amigos alumnos y maestros, cómo quisiera tener su dirección electrónica para comunicarme con ellos; recuerdo  en este momento a Naomi, "Grabiela" que se ausentó desde "endenantes"... de Vania la verdad ni me acuerdo. Estoy seguro de que quienes están viendo el juego se están "carcajeando" de mí, pero, el que ríe al último... no había entendido el chiste.

     Escucho voces de la familia que está en la casa de junto, pero sobre todo el canto de los pajarillos, que no saben de influenza humana; el viento empieza a silbar con fuerza y yo estoy a punto de tomar mis "chopitas" para disponerme a dormir.

     Mi esposa, como no tiene quehacer me puso a pintar, me siento como Tom Sawyer o  Karate Kid. Se acabó la contingencia, dicen que  reanudaremos  clases el  lunes 11 de mayo. Me acuerdo de Jerly, ¿dónde está?, sucede que lo soñé.

     "No pretendamos  que las cosas cambien si siempre hacemos lo mismo. La crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países, porque la crisis trae progreso. La creatividad nace de la angustia, como el día nace de la noche oscura. Es en la crisis que nacen la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias... quien supera la crisis se supera a sí mismo sin quedar "superado". Quien atribuye a la crisis sus fracasos y penurias, violenta su propio talento y respeta más a los problemas que las soluciones. La verdadera crisis es la de la incompetencia. El problema de las personas y los países es la pereza para encontrar las salidas y soluciones. Sin crisis no hay desafíos, sin desafíos la vida es una rutina, una lenta agonía, sin crisis no hay méritos. Es la crisis donde aflora lo mejor de cada uno, porque sin crisis todo viento es caricia.

     Hablar de crisis es promoverla, y callar en la crisis es exaltar el conformismo. En vez de esto trabajemos duro. Acabemos de una vez con la única crisis amenazadora, que es la tragedia de no querer luchar para superarla". Albert Einstein

     Estaba tranquilamente frente a la compu, cuando mi dueña me dijo: ¿no estás muy ocupado?, puedes pasar la aspiradora por la sala y la alfombra de arriba... me quedé mudo pues no sabía qué pretexto ponerle, cuando sonó el teléfono; era mi amiga Sofía, la recepcionista del ICI, quien me avisó que había junta urgente en la escuela. Respiré aliviado, informé a mi esposa y después de asearme partí a ver a mis amigos de la secun.

     Fernando es fan de los Beatles y hace dibujos en los que se les ve cantando, están bien hechos; el lunes fue día de fiesta, pues Samantha cumplió años, lo malo es que cuando la busqué para felicitarla ya se había ido, está un poco enferma, pero quiera Dios que ya pronto se alivie.

     Estoy feliz porque Dana ya me perdonó y volvemos a ser amigochos, aunque me preocupa que se ausentó el martes; de pronto creció la población escolar, pues muchos alumnos de tercero vinieron con sus nuevos hijos, lástima que la mayoría no tienen nombre (bueno, el de Richie se llama Pancha, el de Campos Josesiño) y que el martes los olvidaron en casa, aunque tal vez se quedaron allá porque están enfermos, en estos tiempos ya no se sabe...

     El martes nuevamente Alexander nos deleitó con un concierto de guitarra, acompañado por la voz potente y melodiosa de Diego, quien es hábil para improvisar, no sé si es rapero o jipjopero (yo no sé de estos ritmos modernos), en fin, que hasta la maestra Tania disfrutó un poco de su magistral actuación.

     Lamento mucho no haber ido a la fiesta de Samantha, porque me dicen que estuvo requetemuybien.  Su vestido era elegante, retomando los colores y diseño de las invitaciones; la gente muy alegre y amable, su familia y ella derrochaban alegría. Al principio  ella saludó a los invitados por medio de la megapantalla, la cena estuvo deliciosa y las coreografías y   ejecución de los bailes fueron magistrales; fue tan agitada su actuación que en uno de ellos prefirió descansar y entonces bailó "Chaquira", acompañada de seis bailarines profesionales.

    En fin, hubo canciones rancheras, algo de rock de los sesentas, José José, etc. por todo lo anterior y porque (según me cuentan), ella estaba bellísima, (y también supe que sus amigas de la escuela iban derrochando belleza y hasta los amigos estaban muy guapos, creo que la mayoría se bañaron), pienso que sí debería haber ido. Bueno, espero que después me muestre su vídeo.

     Hablando de lo anterior, el lunes me llevé una gran sorpresa, más de una docena de mis alumnos aseguran que fui a la fiesta, tanto insistieron que ya me lo estaba creyendo, pero les caí en la mentira cuando la mayoría de ellos aseguran que me puse "como placa de camión", hasta atrás. Eso... ¿pueden creerlo? Además hay una prueba irrefutable: hagan a Lucero una sola pregunta "¿Viste al maestro Jaime en la fiesta de Samantha?, la respuesta, sin lugar a dudas será: ¡noooo!  Otra más, uno de los que afirman que me vio en el salón de fiestas, asegura que también  estuve en la fiesta de Mitzi...

     Roberto y Campos "perdieron la brújula", pues insisten en que yo deforme mi cuerpo y mi cabello; que me ponga tatuajes,  colgadijos, que eche a perder mi cabellos y, en fin, que me ponga a la moda. ¿Qué les pasa?, si no hice esa clase de locuras cuando era chamaco, menos ahora que... soy más joven.

     La mayoría de mis alumnos no pudo ingresar a la página que les di para que imprimieran las crónicas, muchos lo intentaron, otros ni se acordaron, pero Mitchell no sólo entró, sino que me hizo favor de proporcionarme las dirección correcta, allí está la diferencia, ¿no?

     Daniel Iván no quiere que lo vea ni tantito, y para evitarlo, en mi clase prefiere dormir tapándose la cara; Jerly, Camacho, Isaac de Jesús, Daniel Iván y Diego dicen que mi clase es muy divertida, no pararon de reír el jueves, pero lo hacían "a mandíbula batiente".

     Estamos, como ya dije, a final del curso y las ausencias siguen a la orden del día, en tercero "B" me quedé, el lunes, casi con la mitad del grupo. El hijo de Samir tiene por nombre Tolín, el de Chucho se llama Tito, la de Lucero, Artemisa, el de Esteban, Edwin.

      Ulises hizo un dibujo buenísimo a lápiz, yo ni le creí, pero como preguntamos a Emmanuel y él dice que es cierto, debo creerle; Marlene me ofreció un poco de chocolate, como no acepté e insistió le comenté que podría enfermar y ella concluyó: "no importa"; nunca esperé algo así de mi amiga, pero a mi edad acabo de reafirmar que la amistad no siempre es sincera.

      Yesenia y Diana me invitaron a protestar y con gusto acepté su invitación, marchamos por el salón exigiendo que se recorte el calendario escolar, que nos paguen más a los maestros y que todos los alumnos aprueben el curso con diez de promedio. Leslie me enseñó algunas caricaturas que hace y la verdad es que están muy bien, además de que sí se parecen a los originales.

      En las buenas y en las malas, en las victorias y derrotas, en la clausura y apertura: soy Chiva. "La Insurgencia"  -12-. Andy, Karen, Angie, Ilse: son geniales, lazz kiero un chorrop. Polet: eres mi BFF, thiii adoro!!!. Atte: Jiu.

     Samantha continúa en plan de vacaciones, eso sí que es divertido. Areli, Vania y Adriana hicieron un poema requetemuy bonito; Sherlyn, mi estimada hija me regaló una paleta payaso, pero además una simpática tarjeta que me reanimó, en el preciso momento que lo necesitaba a causa de los "desaires" de algunos de mis alumnos "consentidos".

      Mitchell elaboró un ambigrama buenísimo, yo sólo había visto uno en la novela "Angeles y Demonios" acerca de los Iluminatti, Fabiola, mi linda amiga ya se quitó la "basurita" que tenía en el rostro, el miércoles fue cumpleaños de Viki, le dedicamos las mañanitas con la destacada participación de "Jelipe", quien canta como los mismos ángeles. 

Cuentos

     Tras una agobiadora semana de trabajo, me alejé de la ciudad para descansar en mi casa de campo. Era de noche, y me encontraba sentado en el sillón examinando cada una de las luminosas ramas del árbol navideño que hace días habíamos armado con Simona.
     Ella siempre había sido mi compañera de juegos y nunca fue vista en mi familia como una criada, incluso reemplazó a mi madre tras su misteriosa desaparición.

     Seguí observando fascinado el árbol; si se miraba con cuidado se podía ver cómo de sus imponentes ramas se desprendían multicolores destellos de luz, como si fueran rayos de sol que inundaban cada rincón de la habitación.
      Encendí las luces del living para poder leer un exótico libro que traía a mi mente gratos recuerdos de la infancia, pues había encontrado en sus líneas compañía para mis ratos libres. Abstraído leía palabra por palabra, página por página... en esos momentos, no existía el mundo a mi alrededor.

     Sin embargo, el idílico momento fue interrumpido por un extraño ruido proveniente del exterior de la casa. No le di demasiada importancia, pues se acercaba una gran tormenta y el viento seguramente había tirado algo, pensé en ese momento.
     Pasaron unos minutos y no había podido concentrarme nuevamente en el libro. El zumbido del viento siempre me había llamado la atención y esta vez no fue la excepción. Yo creo que se oye como almas en pena que aúllan por ser liberadas de su agonía.

     En ese momento otro extraño ruido interrumpió el agudo silbido y en mi mente se comenzaron a tejer todo tipo de paranoicas sospechas: todo hacía suponer que había alguien merodeando la casa. Los típicos miedos infantiles a la oscuridad y a los monstruos se adueñaron de mí. Sólo de pensar en un asesino acechando, la piel se me helaba.

     Por suerte no estaba solo; inmediatamente llamé al mayordomo y a Simona y les dije:
     - No pierdan un segundo, verifiquen que todas las ventanas y puertas estén completamente cerradas, escuché ruidos extraños fuera de la casa.
     Ansioso no podía parar de moverme, estaba alterado, necesitaba tener alguna noticia. Inesperadamente se fue la luz y los rincones, antes iluminados por las luces navideñas, se ensombrecieron nuevamente.

     Tanteando en la espesa oscuridad, hallé varios candelabros con velas que tenía reservado para estas ocasiones. Las encendí, pero no servían de mucho, pues la habitación era espaciosa.
      El transcurrir del tiempo comenzó a calmar mis nervios, finalmente pude sentarme en el sillón a la espera de noticias. Mis ojos se detuvieron en un punto fijo ubicado en el centro de la flameante llama de una vela. Por un momento creía que todo era un sueño, me sentía transportado, fuera de mi cuerpo, estaba como en éxtasis; me encontraba en una formidable e ininterrumplible paz interior. Pero el azotar de una puerta me hizo reaccionar. Provenían de una pequeña puerta del exterior de la casa que daba al sótano y que personalmente me había encargado de cerrar con llave ¿cómo era posible que el viento la abriera?

     Sin darme cuenta, me encontraba frente a la portezuela externa que se agitaba violentamente contra la pared. Me detuve unos segundos a observar desde el exterior el profundo y oscuro sótano; sólo los fuertes relámpagos lo iluminaban hasta el fondo. Desde esa perspectiva, lucía como si se hubiesen abierto las puertas del infierno.

     Las gotas de lluvia me recorrían todo el cuerpo empapándome cada vez más. El viento y los portazos me desconcertaban. Sin pensarlo, cerré bruscamente la portezuela y de pronto una fuerza inexplicable me obligó a bajar la vista, descubriendo bajo mis pies un charco de lodo y sangre. Aterrado corrí enloquecido hacia mi casa, entré rápidamente y cerré la puerta principal con llave.

     Mientras me secaba pensé: "¿Quién había abierto la portezuela del sótano?, ¿De qué o quién era la sangre enlodada?. Armándome de coraje tomé el candelabro más grande y abrí lentamente la pequeña portezuela interna que conducía al sótano. Comencé a bajar las escaleras. El crujir de cada peldaño aumentaba mi temor e incluso me asusté de mi propia sombra. Llegué al suelo del sótano y rápidamente mis zapatos se mojaron, pues estaba todo húmedo por la lluvia. Dirigí la luz hacia todos los rincones, pero no se veía más que libros y estantes viejos repletos.

 

     Todo era muy sombrío, pero mi agudizada vista descubriría el menor movimiento, estaba en alerta continua. Hacía mucho tiempo que no visitaba el sótano; al ver esos sucios objetos, comencé a recordar tiempos lejanos de cuando éste lugar estaba prohibido y mi imaginación de niño me llevaba a pensar en las más sorprendes historias.

     De repente sentí los extraños ruidos muy cerca de mí, ahora los pude distinguir mejor; parecían como pezuñas que golpeaban enérgicamente sobre el suelo y el de una cadena arrastrándose lentamente. El piso de madera comenzó a crujir cada vez más fuerte, y los inexplicables ruidos se aproximaban hacia mí, pero no lograba ver nada. Mi corazón comenzó a latir fuertemente, y las gotas de sudor recorrieron mi cara, casi estaba paralizado de terror. En ese instante comencé a recordar todos los momentos más importantes de mi vida, desde mi comunión, mi casamiento, mi familia, en Dios. Súbitamente un grito de Simona me llamó desde arriba:

      -¡Señor, señor! Venga rápido, apresúrese.

     Sin esperar, subí corriendo las escaleras, pero un peldaño cedió y mi pierna quedó atrapada. Eran totalmente en vano los esfuerzos que hacía por liberarme y mi desesperación aumentaba, pues los extraños ruidos se acercaban continuamente. En esos instantes de desesperación vi la silueta de Simona bajando hasta donde me encontraba y con todas sus fuerzas intentó liberarme. Pero repentinamente, dejó de ayudarme; sorprendido miré su rostro, la sensación que sentí al ver su tez absolutamente pálida fue inexplicable. Parecía como si ella hubiese visto la cara de la muerte.
     - ¡Qué es eso! -gritó Simona.
     Logré liberar mi pierna y sin mirar hacia atrás, subí despavorido las escaleras junto a ella. Al llegar al living, aseguré la portezuela con una vara de hierro. En ese momento llegaron apurados mi mayordomo Jaime y mi cocinera Juana. Él dijo:

     - Señor, escuchamos los gritos. ¡¿Qué ocurrió?!

     - ¡Hay algo en el sótano! Simona es la única que lo vio -dije sin aliento-.

     Comenzamos a mirarnos todos los rostros, un silencio largo invadió el ambiente: mi criada Simona no estaba con nosotros.

El armario

     El señor Gerard no podía evitar recordar el armario cuando pensaba en la vieja casa de la abuela. Era un armario común, con espejos en las puertas y repisas fijas, con arabescos irregulares, con telarañas en el techo. El tesoro del armario estaba abajo, entre sus patas. Cuando niño, el señor Gerard solía hurgar bajo el armario para hallar maravillosos objetos que allí se ocultaban.

      Nunca supo quién ponía esos objetos allí. Ahora suponía que eran lanzados por niños desde la calle, hipótesis factible pues el armario estaba frente a una ventana que permanecía abierta durante el día. No siempre encontraba algo, en ocasiones la búsqueda era vana; sin embargo, cada vez el objeto encontrado era distinto. Un reloj sin la aguja de la hora, un anillo al que le faltaba su piedra, la rueda dentada de alguna extraña máquina que debió de ser inmensa, una pata de conejo convertida en llavero (con dos llaves), la cabeza de una muñeca; así de variados e inútiles, pero igualmente maravillosos, eran los hallazgos.

     Tampoco tenía muy claro qué había sido de todos esos objetos. Al crecer, llegó el momento de ir a la capital a estudiar y desde entonces sus visitas a la casa fueron más espaciadas; finalmente, la abuela murió y la casa fue abandonada, aunque su madre la mantuvo como parte del patrimonio de la familia. Pero el señor Gerard nunca conservó, sin saber la razón, alguno de sus tesoros.

     Ahora, con cincuenta y dos años recién cumplidos y su madre también muerta, el señor Gerard había vuelto sus ojos hacia la vieja casa, con la intención de venderla y sacarle así algún provecho. Un amigo se encargaba (al parecer con éxito) de la promoción y venta del inmueble; mientras tanto, el señor Gerard quiso visitar -por última vez antes de su inminente demolición- la casa donde transcurrieron sus primeros años. Reservamos vastos espacios de la memoria para venerar cosas inanimadas.

     Llegó al pueblo a media tarde, con el pensamiento fijo en la casa y el armario. No tenía conocimiento de que ningún mueble hubiera sido vendido o extraído de alguna otra manera. No se permitió reverencias cuando traspuso el umbral de la puerta. Simplemente subió al segundo piso y entró a la habitación donde estaba el armario.      Sintió un largo estremecimiento cuando se enfrentó al viejo mueble. Ahora le parecía más pequeño y burdo, y la rendija entre el borde inferior y el piso era tan angosta que dudaba que fuera suficiente para albergar una mano humana. Se preguntaba si seguía escondiendo tesoros. Así que se agachó y trató de meter la mano bajo el armario, pero tuvo que sacarla y arremangarse la camisa para poder hurgar a sus anchas.

     Sus dedos se toparon con algo duro y redondo, parecido a una pelota. La atrajo hacia afuera; se trataba de una extraña caja de música esférica con un pony azul en el centro. No se sintió satisfecho: volvió a introducir la mano y continuó la búsqueda.      Tres días más tarde, el amigo vendedor entró a la casa con una pareja que la compraría para instalar un albergue. Quizás ni siquiera sería preciso demolerla. Cuando entraron a la habitación del armario, hallaron al señor Gerard hinchado y hediondo, acostado en el piso, con una mano asida a una esfera y la otra oculta bajo el viejo mueble. El examen del forense determinó que había muerto a causa de la mordedura de una serpiente. El ofidio culpable jamás fue encontrado.

                                                                Breves

     1 El payaso parecía estar más contento, a pesar de que había muerto un familiar suyo. Todos sabemos lo duro que resulta una situación así. El público había sido avisado de ello y todos reían con más fuerza. Todo sonreía en el circo.... Y el payaso, sabiéndolo, se alegraba más. No todos los días se le muere a uno la suegra.

     2 Y, en el cénit de su primera riña conyugal, el príncipe le dijo: ¡Ojalá nunca me hubieras dado aquel maldito beso. Ahora estaría tranquilamente con mis amigos, croando a la luz de la luna!

     3 Cuando levantaron el cadáver, en la plaza, todo se quedaron extrañados: debía de ser extranjero, porque había muerto con una sonrisa en la boca.

     4 Cuando nació el príncipe se hizo una gran fiesta nacional. Bailes, Fuegos artificiales, revuelos de campanas, disparos de cañón... Con tanto estrépito el recién nacido se murió.

 

     5 Su trabajo de espía le había deparado un sinfín de emociones y fatigas, y ahora, ya al final de su carrera, veía con dulce impaciencia la llegada de su jubilación. Su última misión de campo, además, se encontraba a punto de concluir: esperar al contacto ("Jimmy"), pronunciar la palabra convenida y extender su mano para recibir el diskette. Así de fácil. Sólo -le habían dicho- tendría que mantenerse especialmente frío y sereno, porque el contacto era un tipo desconfiado y meticuloso, que haría fuego ante el menor imprevisto. Fue una lástima, pues, que su primer ataque de amnesia le llegara al saludar a "Jimmy".

 

Apocalipsis

     La extinción de la raza de los hombres se sitúa aproximadamente a fines del siglo XXXII. La cosa ocurrió así: las máquinas habían alcanzado tal perfección que los hombre ya no necesitaban comer, ni dormir, ni leer, ni hablar, ni escribir, ni hacer el amor, ni siquiera pensar. Les bastaba apretar botones y las máquinas lo hacían todo por ellos. Gradualmente fueron desapareciendo la Biblia, los Leonardo Da Vinci, las mesas y los sillones, las rosas, los discos con las nueve sinfonías de Beethoven, las tiendas de antigüedades, el vino de Burdeos, las oropéndolas, los tapices flamencos, todo Verdi, las azaleas, el palacio de Versalles. Sólo había máquinas.

      Después los hombres empezaron a notar que ellos mismos iban desapareciendo gradualmente, y que en cambio las máquinas se multiplicaban. Bastó poco tiempo para que el número de los hombres quedara reducido a la mitad y el de las máquinas aumentase el doble. Las máquinas terminaron por ocupar todo el espacio disponible. Nadie podía moverse sin tropezar con una de ellas. Finalmente los hombres desaparecieron. Como el último  olvidó  desconectar las máquinas, desde entonces seguimos funcionando.

 

                                                            El crimen perfecto

 

     --Creí haber cometido el crimen perfecto. Perfecto el plan, perfecta su ejecución. Y para que nunca se encontrara el cadáver lo escondí donde nadie se le ocurriera buscarlo: en un cementerio. Yo sabía que el convento de Santa Eulalia estaba desierto desde hacía años y que ya no había monjitas que enterrasen a monjitas en el cementerio. Cementerio blanco, bonito, hasta alegre con sus cipreses y paraísos a orillas del río. Las lápidas, todas iguales y ordenadas como canteros de jardín alrededor de una hermosa imagen de Jesucristo, lucían como si las mismas muertas se encargasen de mantenerlas limpias. Mi error: olvidé que mi víctima había sido un furibundo ateo. Horrorizadas por el compañero de sepulcro que les acosté al lado, esa noche las muertas decidieron mudarse: cruzaron a nado el río llevándose consigo las lápidas y arreglaron el cementerio en la otra orilla, con Jesucristo y todo. Al día siguiente los viajeros que iban en lancha al pueblo de Fray Bizco vieron a su derecha el cementerio que siempre habían visto a su izquierda. Por un instante, se les confundieron las manos y creyeron que estaban navegando en dirección contraria, como si volvieran a Fray Bizco, pero en seguida advirtieron que se trataba de una mudanza y dieron parte a las autoridades. Unos policías fueron a inspeccionar el sitio que antes ocupaba el cementerio y, cavando donde la tierra parecían recién removida, sacaron el cadáver (por eso, a la noche, las almas en pena de las monjitas volvieron muy aliviadas, con el cementerio a cuestas) y de investigación en investigación... ¡bueno! el resto ya lo sabe usted, señor Juez.                 

                                            

                                                                       Espiral

     Regresé a casa en la madrugada, cayéndome de sueño. Al entrar, todo oscuro. Para no despertar a nadie avancé de puntillas y llegué a la escalera de caracol que conducía a mi cuarto. Apenas puse el pie en el primer escalón dudé de si ésa era mi casa o una casa idéntica a la mía. Y mientras subía temí que otro muchacho, igual a mí, estuviera durmiendo en mi cuarto y acaso soñándome en el acto mismo de subir por la escalera de caracol.

     Di la última vuelta, abrí la puerta y allí estaba él, o yo, todo iluminado de luna, sentado en la cama, con los ojos bien abiertos. Nos quedamos mirándonos un instante de hito en hito. Nos sonreímos. Sentí que la sonrisa de él era la que también me pesaba en la boca: como en un espejo, uno de los dos era falaz. <<¿Quién sueña a quién?>>, exclamó uno de nosotros, o quizá ambos simultáneamente. En ese momento oímos ruidos de pasos en la escalera de caracol: de un salto nos metimos uno en el otro y así fundidos nos pusimos a soñar al que venía subiendo, que era yo otra vez.

 

                                                                   La muerte

 

     La automovilista (negro el vestido, negro el pelo, negros los ojos, pero con la cara tan pálida que a pesar del mediodía parecía que en su tez se hubiese detenido un relámpago), la automovilista vio en el camino a una muchacha que hacía señas para que parara. Paró.

     -¿Me llevas? Hasta el pueblo, no más---dijo la muchacha.

     -Sube -dijo la automovilista. Y el auto arrancó a toda velocidad por el camino que bordeaba la montaña.

     -Muchas gracias -dijo la muchacha con un gracioso mohín -, pero ¿no tienes miedo de levantar por el camino a personas desconocidas? Podrían hacerte daño. ¡Esto está tan desierto!

     -No, no tengo miedo.

     -¿Y si levantas a alguien que te atraca?

     -No tengo miedo.

     -¿Y si te matan?

     -No tengo miedo.

     -¿No? Permíteme presentarme -dijo entonces la muchacha, que tenía los ojos grandes, limpios, imaginativos. Y, en seguida, conteniendo la risa, fingió una voz cavernosa. -Soy la Muerte, la M-u-e-r-t-e.

      La automovilista sonrió misteriosamente.

     En la próxima curva el auto se desbarrancó. La muchacha quedó muerta entre las piedras. La automovilista siguió y al llegar a un cactus desapareció.